¿Se puede encontrar belleza en el desempleo, los bares sucios y las humaredas de fábricas grises? Los protagonistas de Nubes Pasajeras lo logran entre escenas y personas cotidianas, con un humor seco y algo irónico, porque encontrar su propósito en tales condiciones no se puede hacer sin humor. Con una mirada sobria y melancólica, se retrata una vida sin grandes lujos dentro de un sistema hostil, donde la honradez, el esfuerzo y el trabajo bien hecho no necesariamente valen más que el dinero. Pero a pesar de que las dificultades se acumulan y los personajes sonríen poco, el apoyo se encuentra en la familia y los amigos, y la posibilidad de salir adelante surge a través del compañerismo, la resiliencia y la comunidad. A pesar de las vivencias negativas, el optimismo existe de una forma sutil y discreta; en ocasiones los personajes parecen pesimistas y vencidos; los humanos y los paisajes son fríos, pero salen adelante a través de pequeños gestos de amor o momentos de esperanza, y la música suena como un recordatorio de que tanto lo bueno como lo malo es pasajero. Visualmente no hay escenarios grandilocuentes ni momentos excesivamente dramáticos, sino espacios del día a día, lugares feos y emociones que se expresan de manera contenida pero profunda. La felicidad de los personajes no es enorme ni permanente y por eso se siente muy real.