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El martes en que compré una alfombrita en los chinos para darle la bienvenida a las visitas, esperé toda la tarde sentada en el sillón, mirando hacia la puerta. Preparé la mesa con agua y vino para los más tradicionales, y con Fanta y michelada para los contemporáneos. Agregué un par de velas, bajé las luces y deseé en los más profundo de mi ser que llegara alguien. No sabía qué les gustaba, pero sabía que sólo podían entrar por la puerta principal, así que me aseguré de señalizar con un tapete que dijera Bienvenidos. Tampoco sabía si serían como en las películas, si tendrían una vena nostálgica o sed de venganza, así que decoré con una combinación de cumpleaños ochentero, bar de mala muerte, salón de belleza y sacrificio satánico.

El primero en llegar, abriéndose paso con elegancia entre globos de colores, fue un viejo amigo. Pero no era él, no del todo. Era más sensible, más reflexivo. Como una versión romántica, suave, de él. Se acercó a saludarme con un abrazo y se sentó a mi lado con una tranquilidad inusual, con una calma y un autocontrol que nunca le había visto, y me dijo que me veía bonita. Comprendí que no estaba ante nada de este mundo. Estaba ante un ser digno de admiración, perversamente perfecto. Se parecía a él, pero no era ¿De dónde salió esto? Necesité unos minutos en silencio para darme cuenta de que estaba ante el hombre que idealizaba cuando era más joven, el personaje tan encantador en el que piensan las mujeres antes de decepcionarse ¿Cómo podía ser posible que la primera visita fuera así? ¿Dónde están las figuras con sombrero, las damas de blanco? ¿Qué hago ahora con este ser perfecto?

No alcancé a preguntarle nada porque tocaron la puerta. La abrí con cautela, sin saber que esperar.

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